Tuesday, September 29, 2015

Esta soy yo

Lo recuerdo bien, fue hace un año y -por fin- me atreví a renunciar a todo. Estaba harta de todo y de todos. El sistema educativo en México, los papás, los niños. Estaba cansada, realmente cansada.

Llevaba meses -si no es que años- queriendo probar algo nuevo. Dejar todo eso que todos decían que era "lo mío" y aventurarme en lo distinto. Probarme a mí misma que mis habilidades y mis conocimientos no sólo servían para una cosa.

Renuncié a trabajar con pequeños, papás, escuelas... puse en pausa todo aquello que tuviera que ver con educación y decidí buscar un trabajo de oficina. Me parecía fácil ir a trabajar de 9 a 6 y, al salir, dejar todo en la oficina y dedicarme a mí.

Conseguí trabajo en una empresa que tiene varias concesionarias de automóviles. El área de recursos humanos era muy pobre y querían mejorarla. Es para eso que me contrataron. Lo "único" que le preocupaba al director era que una persona que se dedica a la educación es una persona de vocación y él estaba seguro que yo volvería a ella en algún momento. Yo le juré que no, que si esto funcionaba, yo me quedaba en la vida corporativa por muchos años.

Encontré lo que estaba buscando. Un puesto de directivo, ir a trabajar de 9 a 6, salir y olvidar el trabajo en la oficina. Pero a los 6 meses -por muchas razones- desistí. No se trata de eso. Al menos no para mí. Extrañaba mis espacios creativos, los colores, embarrarme de pintura y las sonrisas de los niños. Extrañaba el olor a Resistol, las tijeras y las historias fantásticas que cada ser humano ofrece. Extrañaba mi magia... Volví.

Hace una hora terminé una sesión de trabajo con uno de los casos más difíciles que he tenido. Me caché observando a mi niño, viendo la nubecita de pensamiento arriba de su cabeza, entendiendo y conectando información, el brillo de sus ojos cuando hace conciencia de su aprendizaje, cuando se da cuenta de lo mucho que puede explorar y encontrar en un espacio tan pequeño y rodeado de paredes pero lleno de estímulos y momentos preparados sólo para él. Me caché sonriendo ante la felicidad de un niño que lo único que quiere es seguir creciendo, seguir entendiendo, seguir descubriendo.

No. No trabajo de 9 a 6 ni abandono el trabajo al "salir" de la oficina. Constantemente sueño con mis niños y pienso en qué sigue y qué hay que inventar para que ellos sigan siendo felices a través de su propia historia. En el súper, en el mercado, en el centro comercial o en el cine pienso en ellos. Pero el trabajo no es trabajo, es un estilo de vida que me apasiona y amo profundamente, es mi cotidianeidad, mi espacio y lo que soy. Sí. Esta soy yo.

Sunday, September 27, 2015

Domingo silente

El silencio del domingo duele un poco. Es un malestar que empieza en el estómago y se extiende por todo el vientre. Las ideas se comienzan a ordenar para empezar el lunes. Papeles en la mochila, libros y el eterno plan de enseñar más allá de los libros. 

En los cajones los recuerdos. La premisa aquella que el pasado y el futuro son uno con el presente. Las gotas de sudor transpiran orgullo y el tiempo rodando sin parar. Se escucha el viento y rompe el silencio; Jack respira al pie de la cama y el frío me abraza cumpliendo mi deseo. Es un murmullo el que irrumpe mis pensamientos. Es el cansancio, el desvelo de la noche anterior. 

Tarde de historia de pantalla con tinta rosa y hojas de cuaderno. El silencio vuelve y duele otro poco. Las calcetas no logran ahogar el frío de mis pies y la nostalgia me ataca. A lo lejos un auto y en mi memoria las casualidades de un trece. 

En mi cabeza las letras como un cuadro de Dalí. Se escurren y huyen, saben a piña con apio y suenan a gotas de lluvia al caer. La comezón en mi espalda me distrae y prefiero detenerme. Pausa. 

El domingo sigue silente y el dolor presente. 

Sunday, September 13, 2015

Por la mañana

El domingo comienza con la tranquilidad que lo caracteriza. Sólo alcanzo a escuchar los últimos sonidos de la noche mientras el día comienza a clarear. Me resisto a salir de mi cama pero mi vejiga me obliga a levantarme. Regreso y me enredo en mis cobijas intentando prolongar el tiempo. Es inútil. Mi cuerpo ya está habituado a levantarse a las 5:00 am. Aunque es más tarde, ya no logro conciliar el sueño.

Las voces en mi cabeza se convierten en imágenes cada noche. Poco a poco van apareciendo y acomodándose en mi inconsciente. A veces unos, a veces otros, pero los adolescentes comienzan a formar parte de mi vida. La suya, me llena de curiosidad; no con morbo, sino con esa gana de espiar sus vidas para saber quiénes son, de dónde vienen y hacía dónde quieren ir.

Doy vueltas y no lo logro. Me levanto y comienzo a levantar la ropa de anoche. El vino aún provoca un pequeño malestar en la cabeza y abro la puerta de la terraza. El viento fresco llena mis pulmones, camino descalza hacia las flores y respiro. Hay pocas nubes. Me siento y pienso en los cambios, esos que han estado sucediendo y que son inevitables, esos que te permiten evolucionar y seguir embarrándote de vida.

Regreso a la recámara y en la mesa las flores anaranjadas han comenzado a morir. Pienso que quiero unas nuevas para la semana que empieza. El piso se siente frío y mis pies -por alguna extraña razón- me lo agradecen. Jack no está y extraño su respiración. Me siento rara. No tengo que pasearlo y es como si me faltara un elemento clave del día. Trato de organizar mis pensamientos pero siempre se cuelan ésos que te hacen sonreír o esos otros que logran que el ceño se frunza. Me río y busco el teléfono.

Así pasan los primeros minutos del domingo. Entendiendo un poco más de la vida y descubriendo nuevos misterios. En una rutina diferente y con espacios en blanco para crear, imaginar, inventar... Domingo.