Sunday, February 21, 2016

Sólo yo

Los domingos en la mañana parecen haberse convertido en momentos de placer. El silencio de las calles, la silueta de los árboles en contraste con el amanecer, Jack caminando a mi lado y el viento frío que entra a mis pulmones... Con esto también llegan los momentos de reflexión.

Mientras reviso Facebook, me doy cuenta de mi soledad -no como algo malo, sino como un hecho- porque veo artículos que, en el pasado, hubiera guardado para alguien especial... ya no. Ni uno, ni el otro, ni el de ayer, ni el de hace varios años. Leo esos artículos por interés propio, porque sus temas se convirtieron en míos porque yo así lo decidí.

Me gusta aprender, soy una junkie del aprendizaje y de no quedarme estancada en lo mismo. Me aburro fácilmente y es por eso que siempre busco saber más, es por eso que el ser humano me apasiona tanto; siempre hay algo que el otro te puede enseñar.

En los últimos años aprendí de política y de música clásica, de algunos autores de libros y de fotografía... Tuve el valor de aceptar mi gusto por el grafitti y por los vochos y aprendí que el Hip Hop en español puede ser interesante y hasta un tanto romántico. Me atreví a hacerme un tatuaje y a expresarme sin importar el quédirán. Con pocos puedo pasar horas platicando sobre las estaciones del año, sobre el cabello rojo o blanco; sobre la infancia o sobre campos de girasoles rodeados de árboles de colores.

Aún así -con recuerdos de hace años o apenas de ayer- ya no busco o espero encontrar algo para ellos. Sus historias se compartieron con las mías y los espacios llegaron a ser los mismos. No sé, quizás vuelvan a serlo, quizás sólo en la distancia.

Es domingo y hace un poco de frío. Junto a mí está el fólder que debo traducir en trabajo y mi garganta aún se queja. Pienso en ellos como pienso en mí, porque es inevitable pensar en mí sin pensar en ellos. Así es esto, nos fusionamos, nos derretimos en las mismas ideas y nos convertimos en nosotros, aunque sea sólo yo...

Saturday, February 20, 2016

Desesperada

Es raro, la nariz se tapa y los oídos duelen. El pecho parece explotar cuando viene un ataque de tos y me dan ganas de romper algo porque, otra vez, estoy enferma. 

Me enoja, sí. Me enfurece perder el control sobre mi cuerpo y sobre mi tiempo, mis actividades... mi vida. Todo por un virulito. 

Me frustra tener cosas que hacer y no rendir lo suficiente para lograrlas, tener que dejar de trabajar y de hacer ejercicio. Me desespera. 

Respiro profundo (por la boca) y trato de tener paciencia, de crear un plan B que no incluya cama tantas horas al día. Quizás un rato frente a la computadora o caminando un poco en el parque (a pesar de la precontingencia ambiental). El plan B suele durar poco. Mi cuerpo quiere dormir, mis ojos lloran sin control y los espasmos de tos parecen querer sacar los pulmones de mi tórax. 

Desesperante una y otra vez. Mi boca y mis labios ya secos por el aire que inhalo y exhalo, la nariz irritada y en la garganta parece haber pequeñas cortadas que arden con ciertos alimentos. Suspiro para no perder la paciencia otra vez. Grito. Me frustro. De verdad desesperante. 

Un pequeño virus es lo único que se necesita para pausar, para detener el movimiento perpetuo. Desesperante, repito... desesperante.